Carta a Jordi Évole

astral

Estimado Jordi Évole,

En primer lugar quiero felicitarle por su espléndido documental, Astral, sobre el drama de los refugiados que se emitió ayer en La Sexta. Antes de continuar explicándole qué me ha impulsado a escribir esta carta, permítame que me presente.

Me llamo Teresa Langle de Paz y, desde 2011, dirijo una iniciativa global, Women’s Knowledge Internacional (www.womensknowledge.org), en la Fundación Cultura de Paz, de Federico Mayor Zaragoza, una institución que recientemente ha pasado a ser parte de un marco institucional más amplio en la Universidad Autónoma de Madrid: el Instituto DEMOSPAZ (www.demospaz.org), dedicado a la promoción de la democracia, los derechos humanos y la cultura de paz y no-violencia. Además, soy co-directora de la cátedra UNESCO sobre Género, Bienestar y Cultura de Paz en la Universidad de Wisconsin-Madison (EEUU). Desde estos marcos institucionales, llevamos años trabajando, entre otras cosas, sobre tráfico humano y trata con fines de explotación sexual. Nuestro trabajo está dedicado a establecer alianzas, puentes y sinergias entre profesionales de las organizaciones expertas en el tema y el sector académico de la investigación científica sobre ello, para poder abordar con más fuerza la lucha contra la complejidad e inconmensurabilidad del drama humano del tráfico de seres humanos y la trata. Ayer vi y escuché con enorme atención, admiración y agradecimiento el trabajo que ha realizado en su documental. Me parece excelente y muy necesario, por eso quiero tomarme el tiempo de hacerle una crítica constructiva.

Hay una imagen que no deja de perturbarme entre todas las impactantes imágenes que recoge el documental, me refiero a la de una mujer que, supuestamente, es la “esposa” de un chico que así lo afirma, desde la lancha de goma de salvamento. La mujer a la que me refiero está a su lado, de espaldas a la cámara, sin mostrar el rostro en ningún momento, encogida. En su trabajo hay una ausencia fragrante, simbolizada por la imagen de esta mujer: en ningún momento se menciona, ni se suscita la reflexión, sobre cuál es la espantosa dimensión añadida del horror para las mujeres, si es que logran embarcarse en las embarcaciones y lanchas; o incluso, si no lo logran. Me encanta que haya dado espacio a la voz propia de algunos de los refugiados en el documental pero quiero hacerle notar que no se puede pasar por alto el silencio de las mujeres ni sus realidades como tales en el conjunto de todo el drama de los refugiados, si se desea dar una visión a fondo, o incluso sólo panorámica, sobre el drama humano de los refugiados.

¿Por qué callan? ¿Por qué dan la espalda a la cámara? ¿Por qué viajan embarazadas—pienso, por ejemplo, en la mujer que yacía en la cubierta del Astral–? ¿Por qué son tan pocas en relación con el número de hombres que hay en cada barca? ¿Por qué llevan bebés? ¿Son hijos suyos? Y si lo son ¿cuándo y cómo los han concebido? Cualquier respuesta a éstas y muchas otras preguntas que se podrían hacer debe abordarse con cautela porque todas, seguramente, sean parcialmente ciertas: cuestiones culturales, religiosas, anecdóticas, familiares, comunitarias, etc. Sí, pero—como le explico debajo—hay una respuesta que no debe nunca ignorarse para no contribuir a perpetuar la invisibilidad e ignorancia generalizada acerca de la realidad de la violencia de género, en el sentido más amplio del concepto.

En la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer de las Naciones Unidas (Beijin 1995) se define la “violencia contra la mujer” como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada.” El hecho de colocar a la violencia contra la mujer en el marco de las violaciones de derechos humanos representa un importante cambio conceptual; significa dar visibilidad al hecho de que las mujeres no están expuestas a la violencia de manera accidental o porque padecen alguna vulnerabilidad congénita, sino que la violencia que se ejerce contra las mujeres es el resultado de una discriminación estructural muy arraigada.

En el caso de las mujeres refugiadas, el derecho humano fundamental a la vida y la libertad es violado reiteradamente por todo tipo de circunstancias de violencia cuyo origen radica en las dobles o triples discriminaciones y desigualdades a las que se enfrentan por su género; muchas de esas violencias son también sexuales. Me atrevo a afirmar, con datos y experiencia directa en la mano, que muchas de las mujeres que rescató el Astral son, han sido o serán víctimas de la trata, de la violencia sexual y de la explotación y esclavitud sexual. Con toda seguridad, hasta llegar a embarcarse, por el desierto han sido violadas sistemáticamente, rifadas y vendidas, utilizadas como moneda de cambio para atravesar fronteras, esclavizadas sexualmente, violentadas y vejadas en su dignidad humana y como mujeres, además de haber sido apaleadas, robadas y encerradas como les ocurre a casi todos los que emprenden el camino por el continente africano—como describía el chico que decía ser empresario en su documental. Es muy probable que se les haya asignado, a muchas de ellas, un “novio-esposo” para acompañarlas a cambio de poder violarlas; o que las acompañe y controle, durante el trayecto del desierto y del mar; es probable que ese novio-esposo pueda resultar ser un “contacto” de los traficantes para que, una vez en la Península, los proxenetas, las mafias puedan “controlarlas” y explotarlas. Ellas, también probablemente, han tenido que aceptar o han preferido hacerlo—un “mal menor” ante el horror y otras violencias que han vivido y viven en su camino hacia Europa; incluso, pueden haber creído que el “novio-esposo” las quería y las protegía o protege.

Éstas son sólo unas pinceladas para ilustrar mi queja constructiva sobre su trabajo: si todo lo que he mencionado arriba se obvia, se elude, no se nombra, no se indaga sobre ella, por la razón que sea, seguimos sin mostrar al mundo que más de la mitad de la población mundial sufre un “extra” de sufrimiento, un extra de violencia, por razones estructurales, por su género. Hablar de la humanidad y de drama humano, de nuestra vergüenza desde los países europeos, sin abordar la complejidad y tragedia de las mujeres refugiadas es invisibilizar lo que le ocurre a millones de seres humanos; es así de simple. Porque, en el mundo en que vivimos, el género femenino hace que los derechos humanos sean violados con mayor crudeza, mayor virulencia, una y otra vez, para más de la mitad de los seres humanos. Referirnos a ello no es hablar en términos específicos de una cuestión y de un panorama general, sino que es hablar con amplitud de miras; tener y ofrecer, desde el periodismo documental, una visión más completa del mundo.

A primeros de diciembre de 2017 tendremos un gran foro internacional sobre tráfico humano, trata y explotación sexual en la Universidad Autónoma de Madrid, co-organizado por el Instituto DEMOSPAZ, el Instituto Universitario de Estudios de la Mujer, y nuestra cátedra UNESCO de la Universidad de Wisconsin. Espero que, llegado el momento, pueda asistir y acepte nuestra invitación.

Nada más y gracias de nuevo.

Con gran respeto,

Teresa Langle de Paz