“El tiempo de la paz y el tiempo de los derechos humanos no están acoplados, no van al mismo ritmo”

Los resultados del plebiscito colombiano para refrendar los Acuerdos de La Habana entre el Gobierno de Colombia y las FARC-EP, que con un estrecho margen y una baja participación dieron como ganador al ‘No’, produjeron sorpresa y decepción. El proceso para poner fin a una guerra de más de 50 años no fue fácil, pero resultó ejemplar en muchos aspectos suscitando el apoyo unánime de la Comunidad Internacional. Entre sus virtudes está el haber incluido la perspectiva de género.

Entrevistamos a Carmen Magallón, directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz y presidenta de WILPF España, que ha seguido de cerca el proceso de paz. Ha visitado distintos lugares del país desde 2010 y ha asistido invitada a la II Cumbre Nacional de Mujeres y Paz, que se celebró en Bogotá del 18 al 21 de septiembre de 2016. Dicha cumbre, convocada por nueve plataformas/redes de organizaciones, reunió a más de 600 mujeres, visualizó el importante papel jugado por ellas en el logro de los Acuerdos y trabajó en la preparación para colaborar en su puesta en práctica en los territorios. La Cumbre fue apoyada por ONU Mujeres y respaldada con su asistencia y participación por mandatarios nacionales e internacionales.

Al término de esta entrevista nos llega la noticia de la concesión del Premio Nobel de la Paz al Presidente Santos, lo que sin duda reforzará su apuesta decidida por la Paz.

¿Qué supone para Colombia el ‘No’?

En un primer momento, que el ‘No’ haya ganado en la consulta de refrendación de los Acuerdos alcanzados entre el Gobierno y las FARC-EP, supuso una decepción y un trauma para los millones de personas que votaron ‘Sí’, prácticamente muy igualados con quienes votaron ‘No’. Porque no eran estas las previsiones. Las encuestas daban mayoría al ‘Sí’ y había un clima de euforia en el país y en la Comunidad Internacional que auguraba que todo iba a salir según lo previsto. En esta línea, era tanta la confianza en un resultado positivo que no había un plan B. Nadie tenía un plan B.

Para Colombia supone, en primer lugar tener que hacer frente a un nuevo tropiezo para salir de un enfrentamiento violento que ha producido millones de víctimas: personas muertas, desaparecidas, exiliadas, desplazadas internas, toda una sangría de vidas que era, y sigue siendo, urgente cortar. Es cierto que la puesta en práctica de los Acuerdos firmados en La Habana no era la solución de todo, no iba a erradicar toda la violencia existente, ya que persisten las bandas criminales, narcotraficantes, paramilitares, persiste el ELN en su alzamiento armado… Pero la desmovilización de las FARC supone una disminución considerable de esta violencia directa extrema. Además, la puesta en práctica de algunos puntos firmados, como la acordada realización de una Reforma Rural Integral, supondrá también una reducción importante de la violencia estructural que sufren las poblaciones en muchos territorios colombianos.

En segundo lugar, la no refrendación supone una amenaza para la economía colombiana, pues es bien sabido cómo las inversiones huyen de la inseguridad. Y el triunfo del ‘No’ ha situado a Colombia en un limbo político e institucional que produce inseguridad.

En tercer lugar, el triunfo del ‘No’ ha difuminado de un golpe la proyección positiva que Colombia se había forjado en estos años como país tolerante, negociador y con pujanza de pacto, como ejemplo para un mundo en el que crece la cultura del miedo y persisten los conflictos armados; un mundo que produce millones de refugiados rechazados por las poblaciones ricas que votan a líderes y partidos que reafirman el egoísmo de mirada corta de sus votantes; líderes que incumplen la legislación internacional de asilo y son incapaces de empujar hacia horizontes en los que haya una distribución más justa de la riqueza, un respeto por la naturaleza y una convivencia pacífica. Colombia se perfilaba como un ejemplo positivo. Hasta el triunfo del ‘No’ era la buena noticia que llegaba, que teníamos en la Comunidad Internacional.

¿Colombia ha dicho ‘No’ a una tentativa de cambio y ‘Sí’ al inmovilismo?

Hay que decir que el resultado no puede interpretarse como la voz de Colombia, ya que estrictamente ganó la abstención. Tampoco es un ‘No’ al cambio. Es más complejo. En los votos informados y convencidos por quienes hicieron campaña a favor del ‘No’, grupos muy poderosos en el país y en los medios de comunicación, estrictamente se ha dicho ‘No’ a los acuerdos firmados. No se trata tanto de un ‘No’ a la paz como a los Acuerdos de La Habana.

En cuanto a los que votaron ‘No’ de manera menos informada, ahora puede decirse que fueron claramente manipulados. Lo ha dicho el propio gerente de la campaña del ‘No’, Juan Carlos Vélez Uribe, que en una reciente entrevista acaba de declarar cómo su estrategia estuvo basada no en la explicación de los acuerdos sino en provocar la indignación.

Lo que sí es muy plausible es que en el caso de los grupos de poder ligados a la tierra y a privilegios adquiridos en tantos años de confrontación, el ‘No’ esté ligado al inmovilismo, es decir, a la defensa de un estatus, el actual, que les beneficia. Y que tal vez veían amenazado.

¿Por qué cree que Colombia se ha decantado por el ‘No’?

Parto de que el resultado me ha producido el mismo estupor que a la mayoría de quienes seguían de cerca el proceso y estaban convencidos de que el ‘Sí’ sería ganador. Creo que es pronto para emitir una evaluación precisa y que esa va a ser una cuestión a investigar a partir de ahora. Dicho esto, estamos obligados a pensar en posibles factores explicativos.

Mi hipótesis es que existen muchas Colombias y dentro de la diversidad se perfilan dos categorías de poblaciones: la población que vive en las ciudades y la que vive en lo que allá llaman ‘los territorios’, es decir, en los anillos que se extienden por la costa Atlántica, Pacífica y rodean al centro, donde se ubica Bogotá. Pensando en que ha sido el anterior Presidente, Álvaro Uribe, el líder más significado del ‘No’, y pensando en que durante su mandato los habitantes de las ciudades percibieron que su política de mano dura, de militarización extrema, les permitía viajar de un modo más seguro por las carreteras, disminuyendo el miedo a ser secuestrados, esa parte de Colombia ha podido seguir las directrices de Uribe, por encima de otros razonamientos. Mientras, la otra Colombia, la que se ha visto golpeada con un mayor número de víctimas, producidas por todos los actores armados, abandonada por el Estado, y aún más, golpeada por esas mismas políticas de mano dura de Uribe, que en los territorios aumentaron las muertes por la vía de los llamados ‘falsos positivos’, muchachos que eran eliminados para cobrar la recompensa prometida por la captura de los guerrilleros, esa otra Colombia, la de las víctimas, se ha inclinado claramente por el Sí.

Otra hipótesis, que ahora se ve apuntalada por las recientes declaraciones sobre la estrategia de la campaña del ‘No’, es que se haya dicho ‘No’ al Gobierno de Santos, por motivos de su ejercicio gubernamental, que aunque ahora no tocaba juzgar estaba o fue inducido en la mente de los votantes. De hecho, la campaña por el ‘No’ ha estado cargada de tensiones de personalismos y pulso por el poder, en sus múltiples vertientes.

¿A qué factores achaca la abstención del 67% en un plebiscito de esta categoría?

Hasta obtener una mayor profundización, con la realización de los estudios correspondientes, lo que puede decirse cae de nuevo en el terreno de las hipótesis. Las mías van en dos líneas: una, es pensar que la abstención es una respuesta que muestra el escepticismo con el que los colombianos y colombianas reciben las propuestas de un Estado ausente en los terrenos en los que es más necesario: en la educación, la salud, la seguridad humana necesaria para una vida digna y sin sobresaltos. Como el Gobierno actual se ha implicado mucho en el proceso de paz, y ha hecho campaña no es descartable que ese escepticismo haya hecho poco creíbles sus argumentos y les haya dejado en casa.

Otro factor que estuvo ahí, de modo materialmente comprobable y que pudo influir es la adversa climatología: el día de la votación, hubo intensas lluvias en Colombia e incluso un huracán, circunstancias que afectaron sobre todo a territorios que potencialmente hubieran podido votar ‘Sí’.

¿Considera que la posibilidad de que los jefes de las FARC participen en política ha sido decisiva para el ‘No’?

Para quienes han seguido las consignas de los partidarios del ‘No’, sin duda ese ha sido uno de los puntos del rechazo a los acuerdos. La concesión de un número de curules (escaños) a los miembros de las FARC para entrar en el juego político y la puesta en práctica de medidas de Justicia Transicional eran los aspectos que más chirriaban a los defensores del ‘No’. Hay que decir que organizaciones como Human Rights Watch habían manifestado también sus dudas al respecto de la posible existencia de impunidad.

Para mí, este es un nuevo ejemplo de lo que tantas veces hemos constatado en los procesos de paz en la historia. El tiempo de la paz y el tiempo de los derechos humanos no están acoplados, no van al mismo ritmo. La mayoría de las veces, conseguir que las armas callen y que se inicie la construcción de la paz lleva consigo un intercambio de pactos que van en detrimento del cumplimiento de los derechos humanos. Lo que no quiere decir que estos no tengan que ser exigidos, llegado el tiempo oportuno.

Por otra parte, hay que decir que la Justicia Transicional también es justicia. Aplicarla no conlleva impunidad. La Justicia Transicional se acoge al paradigma de la Justicia Restaurativa, diferente del de la Justicia Retributiva pero que es igualmente justicia, otro tipo de justicia. Uno que busca la humanización de víctimas y victimarios a través del esclarecimiento de la verdad, la reparación y el compromiso de no repetición. Es una justicia que mira y es más prometedora hacia el futuro, algo esencial en un proceso de paz.

¿Cree que se debería revisar ese punto e impedir el acceso a las instituciones de los jefes de las FARC?

En el marco de unas nuevas negociaciones, supongo que este será uno de los puntos a debatir. Pero no creo que haya que negar a los guerrilleros y guerrilleras el acceso a la política. Muy al contrario, el reto siempre es llevar a los grupos armados al campo de la política. Si atendemos a la historia, el alzamiento en armas de la guerrilla fue justificado por sus líderes como una vía para la transformación social, para el logro de mayor equidad y de condiciones de vida digna para los más desfavorecidos. Siempre según sus razonamientos, habrían elegido la vía violenta porque la política establecida les parecía una vía muerta, incapaz de lograr los objetivos perseguidos. Pues bien, el fondo más profundo e importante de lo buscado y obtenido en los Acuerdos de La Habana es la desvinculación entre política y violencia.

Conseguir que los armados, unos y otros, desechen la violencia como método para lograr sus fines, convencerlos de que la política democrática es un cauce válido en el que tienen un lugar para trabajar por sus metas, por cualquier meta, ciertamente no es algo negativo, sino un avance. Ofrecer unos escaños a la guerrilla no es un regalo, es darles un espacio para hacer política. Y, en cualquier caso, no se hurta la decisión democrática ya que las próximas elecciones se encargarán de darles los escaños que la población considere oportuno.

El expresidente Álvaro Uribe plantea volver a la mesa de negociaciones. ¿Qué puntos del acuerdo deberían ser innegociables a su juicio?

Creo que no se trata de emitir juicios rotundos yendo a los Acuerdos con un rotulador que tache puntos. La negociación no casa bien con la noción de ‘líneas rojas’. Es tiempo de volver a negociar y supongo que igual que se afirmó que nada estaba acordado hasta que todo se acordara, ahora la revisión habrá de ser igualmente del todo. Todo se puede reelaborar, matizar, reestructurar, pero partiendo del trabajo ya realizado. Claro que el poder concedido por los votos está decantado hacia uno de los lados pero sólo ligeramente decantado, ya que el otro también mantiene su contrapoder. El deseo de que cesen las armas, a través de lo firmado, se ha expresado muy claramente. El ‘Sí’ y el ‘No’ están casi en un empate técnico, y el reto de la negociación ahora es no sólo llegar a nuevos acuerdos sino despolarizar el país.

Más que señalar puntos innegociables, es importante trabajar hacia la gente, desmontar la cultura de guerra y hacer crecer en el país una cultura de paz, también en esa otra Colombia que se abstiene. Y cuando se tenga un nuevo acuerdo, hacer la pedagogía explicativa que antes no se acabó de hacer por falta de tiempo.

¿Considera que se deben incorporar más actores a esa posible renegociación? ¿Cuáles?

En la renegociación habrán de estar de nuevo quienes estuvieron en la primera, sumando ahora los líderes del ‘No’. Como dicen las organizaciones que más han trabajado por la paz, esto no puede ser ahora un acuerdo entre las élites. La renegociación tiene que ser aún más inclusiva. Involucrar a más actores tiene como consecuencia que los nudos problemáticos se complejizan, pero eso, contrariamente a lo que pueda pensarse, en la medida en que ayuda a despolarizar las posturas, favorece el logro de acuerdos.

No puede ser una renegociación entre líderes políticos solamente. La riqueza del proceso llevado a cabo en estos años ha radicado en la amplia inclusión de actores que tomaron parte en las negociaciones, que enriquecieron los puntos acordados. Ese es un camino recorrido que no puede perderse. En particular y en especial, me gustaría destacar que no puede perderse la voz de las víctimas y de las mujeres, que, por cierto, formaron el 60% de las víctimas que viajaron a La Habana. No puede renegociarse a sus espaldas. Las víctimas porque han sido quienes más generosamente apostaron a la paz. Y las mujeres porque además de ser la mitad de la población y tener derecho a participar en calidad de haber vivenciado el conflicto armado de un modo diferencial, está probado que su participación en las negociaciones correlaciona con el logro de una paz más estable y duradera. La pluralidad y diversidad de las mujeres, que en el caso de Colombia alcanza niveles de máximo, no impidió que construyeran acuerdos, no sin conflictos y dificultades, para proyectarse en los acuerdos como una voz propia, positiva y pegada a una realidad cotidiana y viva, que planteó enfoques nuevos y dio salida a nudos problemáticos, una visión y un trabajo que ahora no puede perderse. Las dos Cumbres Nacionales de Mujeres y Paz que se han realizado, en 2013 y ahora, apenas una semana antes de la refrendación son una muestra de sensatez, voluntad y empoderamiento firmemente encaminado a construir una Colombia en paz.

¿Cree que existen elementos para el optimismo?

Entre los signos positivos está el hecho de que desde el primer momento tras conocerse los resultados del plebiscito, tanto el Gobierno colombiano como las FARC mostraron su voluntad de continuar el proceso en las nuevas circunstancias; también que los partidarios del ‘No’ hayan manifestado su deseo de negociar. Se baraja la posibilidad de que haya una Asamblea Constituyente que saque al país del impasse, Naciones Unidas ha confirmado que seguirá apoyando aunque no podrá hacerlo, claro está, de manera indefinida y también la Comunidad Internacional se ha apresurado a volver a ofrecer su apoyo para que no se tire todo por la borda.

El presidente Santos declaró el 5 de octubre, en un tono conciliador y de búsqueda de consenso, que el alto el fuego prorrogado puede seguir prorrogándose y que está reuniéndose con distintos sectores defensores del ‘No’ para buscar un apoyo más amplio a la paz querida por todos. Ha explicado que se ha reunido con dirigentes gremiales, con las iglesias cristianas (representantes del ‘Sí’ y del ‘No’) y con los expresidentes Pastrana y Uribe. Este último ha hablado de renegociar pero ha vuelto a desgranar los puntos que defendió en la campaña por el ‘No’, dar una solución inmediata a los guerrilleros rasos pero rechazar que quienes sean culpables de crímenes de lesa humanidad accedan a la política, no poner en riesgo la iniciativa privada y los valores familiares… puntos estos últimos que ni siquiera están en los acuerdos firmados. (Ahora se sabe que la manipulación del significado de la perspectiva de género, convertida en ‘ideología de género’ destructora de la familia, llevó a algunas iglesias a empujar a sus fieles al ‘No’, bajo la idea de que los acuerdos introducían esta ideología).

A quienes votaron ‘Sí’, el presidente Santos les ha repetido por tres veces: “Perseverad, perseverad, perseverad”.

En definitiva, la situación de Colombia hoy no es fácil y es pronto para tener un diagnóstico pesimista u optimista. A mí, más que de optimismo, me gusta hablar de esperanza. Me gusta hacerme eco del pensamiento de Max Born, físico alemán conocido por sus aportaciones a la estructura del átomo y autor del libro Ciencia y conciencia en la era atómica. Este Premio Nobel de Física en 1954 escribió que en la coexistencia humana, sobre todo en la política, la esperanza es una fuerza motriz, pues solo cuando esperamos algo actuamos en el sentido de satisfacer esa esperanza. En esta línea, pienso, si no hay esperanza, no nos quedará otra que construirla.